lunes, 17 de febrero de 2014

Extraños en la noche - Capìtulo 5

Hola Yurifans,

Se que ya lo he dicho, pero de verdad siento no publicar con más regularidad, y siento aún más que de momento las cosas no estén nada bien en mi país. Como muchos de ustedes saben, soy venezolana, y actualmente vivimos una situación bastante fuerte donde la confusión y la desinformación reinan, de hecho, creo que sólo gracias al Internet y las Redes Sociales es que muchas de estas situaciones se han dado a conocer. 

Entre otras cosas, estos últimos días he notado cómo el acceso a mi servicio de Internet ha estado pésimo (más de lo normal).  Por ejemplo, hace un par de días a Youtube no encontraba cómo hacerle entender que yo sólo quería ver la salida del armario de Ellen Page y no mensajes lavacerebros de otra galaxia. En fin, que espero todo mejore y no lleguemos a un punto sin retorno. No quiero extenderme en este tema, no es la idea, sólo quería decirles eso y no piensen que he olvidado al Baúl. 

Por cierto, mi reconocimiento y solidaridad para los estudiantes de mi país, porque como bien lo demuestra la historia, son los que más... pelotas tienen a la hora de reclamar sus derechos.

Y bueno, después de desahogarme un poco, les dejo con la continuación de este fanfiction, para poner la mente en otra cosa y liberar tensiones, ¿les he dicho que esta historia me encanta?, pues eso, me encanta :D

Enjoy!

Extraños en la noche
Autora: Isles
Capítulo 5

N/A: Perdonen si hay más errores de lo normal en este capítulo. No quieren saber la hora que es. Besos y gracias a todas por sus comentarios <3 



El día estaba de asco. Dos días lloviendo era demasiado; no había nada de sol, todo estaba mojado y, para hacerlo mejor, afectaba el humor de la detective de una forma muy negativa.  
Aún no habían atrapado el culpable de los dos homicidios. Habían llegado a un camino sin salida, lo cual no ayudaba tampoco y empeoraba su humor mucho más. El único lado positivo de la situación era que el asesino no había vuelto a hacer de las suyas, de momento.
Ahora estaban en la escena de otro homicidio, esperando a que la forense llegara.
            –Esto ayudará. –Frost se le unió, acercándole un vaso con café–. ¿Maura no ha llegado?
            Jane resopló y tomó un sorbo del café. Ya se había acostumbrado a escuchar a Frost y Korsak dirigirse a la forense por su nombre en vez de su título, como ella tenía que hacerlo. El intercambio que habían tenido una semana atrás en la casa de Maura no había cambiado las cosas.
            –¿Por qué no entras? Los forenses están ansiosos por empezar.
            –Sabes que a Maura no le gusta que toquen nada hasta que ella haya examinado el cuerpo. –Refunfuñó, sosteniendo con más fuerza el paraguas, al sentir que la lluvia caía con más fuerza–. La esperaré aquí.
            Frost la miró de reojo, suspirando.
            –Debe de estar a punto de llegar. Avisó que llegaría un poco más tarde.
            Jane miró su reloj, frunciendo el ceño. No era normal que Maura llegara tarde. Era una de las cosas que había notado de la rubia.
            –Estaré dentro de la casa, no quiero arruinar mis zapatos nuevos con esta lluvia.
            La detective mantuvo su mirada sobre él hasta que desapareció dentro de la casa.
            –García –gritó.
            El policía en un impermeable de color amarillo se volteó.
            –Termina de cerrar el perímetro con la cinta, no quiero ningún vecino curioseando.
            El hombre miró alrededor de la casa y luego al rostro serio de la detective. No veía la urgencia en cerrar el perímetro si con la lluvia apenas se veía algo. Pero estaba al tanto de que la morena no había estado de humor últimamente; había escuchado los rumores de que explotaba con cualquier cosa. Así que García se tragó sus comentarios y siguió las órdenes que le habían dado.
            –Fred, ayúdame con esto.
            Jane escuchó cómo García le pedía ayuda a su compañero. Los pantalones de Jane comenzaban a mojarse y gruñó. Sí que estaba odiando esos días de lluvia. Resignada, abrió la puerta de su auto y cerró el paragua, entrando con cuidado para no mojar el asiento. Su brazo se movió y chequeó la hora en un acto de reflejo.
“¿Dónde estará Maura?” –Pensó, cerrando los ojos por unos instantes, escuchando la lluvia. No todo era malo después de todo; el sonido logró relajarla un poco.
Unos segundos después, abrió los ojos y bebió un poco más del café, saboreando el sabor y calor al deslizarse por su garganta. Se sentía un poco decepcionada consigo misma. Confundida, frustrada y demás cosas que no podía poner en palabras, en parte porque ni siquiera sabía qué era lo que estaba sintiendo. Maura seguía tratándola con frialdad. Algunas veces parecía que las cosas iban mejorando entre ellas pero entonces, de repente, volvía a cero.
Jane se mordió el labio para no soltar un grito de frustración. Sus ojos captaron el reflejo de unas luces en el espejo retrovisor. Dejó el vaso de café en el portavasos y giró su cuerpo en el asiento para ver quién había sido la persona que había aparcado detrás de su auto.
–Maura. –Susurró al reconocer al auto. Agarró el paraguas, abrió la puerta con prisa y caminó hasta la de Maura, mirándola a través del cristal.
La rubia le hizo una seña con su mano para que diera la vuelta. Jane asintió y corrió hasta la puerta del pasajero, abriéndola al escuchar el clic del seguro.
–Ten cuidado de mojar el asiento con el paraguas –advirtió.
–¿No tienes paraguas? Te hemos estado esperando.
–Sí tengo pero lo olvidé en casa cuando fui a almorzar. –Se inspeccionó con la mirada, arrugando los labios al pensar que su vestido quedaría empapado en el corto tramo que había entre el auto y la escena del crimen.
–¿Puedo preguntar por qué has llegado tan tarde? –Intentó decirlo con el tono más amable posible. No quería empeorar las cosas entre ellas, no más de lo que ya estaba.
–Creo que lo acabas de hacer. –Apagó el auto y cruzó sus manos sobre sus piernas, mirando a la morena por primera vez desde que se sentó.  
Después de varios segundos en silencio, continuó, y Jane le agradeció mentalmente porque estaba a punto de abrir la boca y soltar algún comentario sarcástico que no ayudaría para nada.
–Milo ha enfermado, tiene fiebre y tos. –Giró su cabeza hacia la ventanilla, intentando evitar que Jane se percatara de lo preocupada que estaba. Era un niño, los niños se enfermaban… Y ella era médico, no tenía por qué preocuparse. Pero no podía evitarlo; era su hermanito. 
–Maura…
La rubia dio un brinco por la sorpresa al sentir la mano reconfortante de Jane sobre su muslo.
–Lo siento… No fue mi intención hacer… –apartó su mano rápidamente, maldiciéndose a sí misma.
–La nana se ha quedado con él. Estará bien. –Mordió su labio inferior al escuchar un leve temblor en su voz.
–Si necesitas cualquier cosa puedes contar conmigo.
La rubia la miró a los ojos, manteniendo sus miradas por varios segundos hasta que Maura rompió la conexión.
–Ahora necesito un paraguas.
Jane quedó boquiabierta por varios segundos; no se esperara esas palabras para nada.
–Está bien. –Se volteó agarrando el paraguas, abriendo la puerta del auto para salir. Maura salió una vez que Jane estaba al lado de su puerta, esperándola.
–Vamos por la acera. Imagino que no querrás lodo en esos tacones.
La forense estuvo a punto de contestar pero en vez de palabras fue un gemido lo que salió de sus labios al sentir el brazo de Jane alrededor de su cintura, acercándola a ella para compartir mejor el paraguas.

–¿Estás viendo lo mismo que yo? –comentó Korsak, observando entre las rejillas de la ventana a las mujeres que se acercaban.
–Oh… Primera vez que no las veo con un metro de distancia entre ellas.
–No me creo para nada que algo no haya pasado entre ellas. El trato es muy diferente hacia Jane. –Al menos Jane estaba intentando ser más amable con la forense, aunque el trato hacia ella fuera el mismo. Lo cual lo hacía pensar, ¿la del problema era Maura?
–Creo que Jane nos subestima como detectives si piensa que no nos hemos dado cuenta de que algo está fuera de lugar.
–Niño –dijo Korsak con un tono burlón–. Creo que toda la estación se ha dado cuenta de eso, hasta Ángela.
–Mi punto precisamente.
–¡Dra. Isles! –exclamó el detective mayor cuando las mujeres atravesaron la puerta.
–Detectives. –Sonrió y miró alrededor, buscando el cuerpo de la víctima.
–El cuerpo está en el cuarto de arriba. No he permitido que nadie toque nada.
–Gracias Korsak. Perdonen por la demora. Surgió algo que requería mi atención y el tráfico está muy pesado por la tormenta.
–No te preocupes –se adelantó a decir Jane, ganándose las miradas curiosas de los dos detectives. Jane sintió sus miradas y los miró de reojo con una expresión seria. Frost aclaró su garganta y siguió a la forense por las escaleras.
–Tienes que bajarle un poco a tu aura –murmuró  Korsak, caminando a su lado.
Jane resopló encogiendo sus hombros.
–¿Has estado leyendo horóscopos otra vez?
–No tiene nada que ver con los horóscopos.
–Claro. –Hizo caso omiso al comentario del hombre; ahora toda su atención estaba en la mujer que se ponía unos guantes de látex. A malas maneras aprendió que debía esperar a que Maura hiciera su observación, sin hacer ninguna pregunta hasta que la forense estuviera lista para compartir sus hallazgos.   
Maura se agachó al lado del cuerpo, examinando las marcas que tenía la víctima alrededor del cuello. Los ojos de Jane estaban clavados en ella; cada movimiento, cada palabra que decía. Nunca, ni en sus más remotos pensamientos, llegó a pensar alguna vez que una escena de crimen podría tener algo atractivo. Tener un médico forense como Maura debía ser ilegal.
–Entonces… –dijo, unos minutos después con un tono cauteloso–. ¿Nos puedes decir algo sobre la sangre en la blusa?
Maura alzó la mirada por un instante para mirar a la detective a los ojos. Ya le había explicado la naturaleza de las marcas en el cuello de la víctima; parecía ser un típico intento de suicido, pero la sangre en la blusa no tenía explicación.
–La señora Kren no tiene heridas visibles. –Observó la vestimenta de la mujer, no podía examinarla mejor aquí–. Tendré más información cuando tenga el cuerpo en la morgue.
–¿Solo tiene esa mancha de sangre? No hay sangre en el suelo ni en ningún otro lugar–comentó la detective.
–¿La habrán cambiado de ropa? –añadió, Frost.
–No puedo confirmar que sea sangre. –La forense se incorporó quitándose los guantes. Los tres detectives la miraban boquiabiertas.
–¿En serio? –Se quejó Jane con un tono incrédulo–. Es obvio que es sangre.
La mirada tajante que recibió de Maura la silenció.
–Detective Rizzoli.
            El tono de Maura hizo que los dos hombres se miraran nerviosos, esperando a que la guerra entre las dos mujeres comenzara en cualquier momento.
            –¿Le debo recordar que no me gusta adivinar?
            Los ojos de la morena se entornaron y sus labios se pusieron tensos. No era posible que esto estuviera pasando otra vez. ¿Acaso nunca iba a llegar  a ningún lado con la mujer? ¿Ni siquiera a un acuerdo? Si hubiera sido cualquier otra persona, Jane no se hubiera quedado callada. La guerra hubiera empezado y por nada del mundo se hubiera dado por vencida. Pero Maura era su bandera blanca. Así que se tragó sus protestas y dijo:
            –Entonces esperaré los resultados.
            Maura pareció ser la sorprendida ahora. Jane sonrió para sus adentros al notar el cambio en la expresión de Maura; no se esperaba para nada esa respuesta. Punto para Jane.
            –Ya terminé, trasladen el cuerpo a la morgue lo más pronto posible. –Uno de sus forenses asintió y llamó a los otros para empezar a hacer sus trabajos.
            Maura salió de la habitación con pasos apresurados y bajó la escalera. Al llegar al portal se detuvo en seco; aún llovía sin cesar y con tanta fuerza que apenas podía divisar su auto.
            –Creo que necesitaras esto.
            La voz de Jane la tomó por sorpresa y dio un respingo, colocando su mano sobre su pecho.
            –¡Por Dios! Deja de hacer eso –habló, intentando controlar sus latidos descontrolados.
            –No pensé que te asustarías tan fácil. No era mi intención.
            Maura decidió ignorar su comentario y sostuvo con más fuerza el bolso que sostenía entre sus manos.
            –Tú también la necesitaras.  
            Por un instante Jane no entendió a qué se refería, pero entonces cayó en cuenta que hablaba del paraguas.
            –Sí. Pero estoy segura que mi vestimenta no vale un tercio de lo que cuesta ese vestido. Puedo acompañarte hasta tu auto.
            Maura consideró su propuesta y terminó asintiendo levemente, esperando a sentir el brazo de Jane alrededor de su cintura una vez más. Pero esta vez eso no ocurrió. Jane había mantenido la distancia, sosteniendo la sombrilla con las dos manos. Las dos corrieron hasta el auto y Maura entró en él rápidamente. Bajó la ventanilla un poco y le dio las gracias a la detective que se quedó ahí, hasta que el auto de la forense desapareció.
            –Ya quisiera tener un auto como la de la reina de la muerte –comentó uno de los policías en el portal de la casa.
            Jane, que estaba cerrando y escurriendo su paraguas en el portal, se detuvo en seco y miró con seriedad y confusión a los dos hombres.
            –¿A quién llaman reina de la muerte? –preguntó, desprendiendo veneno en sus palabras.
            Los dos policías permanecieron en silencio, temiendo una explosión de la detective.
            –Ammm. –Uno de ellos comenzó. ¿Qué podría pasar? Casi todos en la comisaría llamaban de esa forma a la forense–. Es el apodo de la doctora Isles, detective Rizzoli.
            En dos largos pasos, el rostro de Jane quedó a unos centímetros del policía.
            –Vuelvo a escuchar “reina de la muerte” refiriéndose a la doctora Isles, una compañera de trabajo, y se la verán conmigo. ¿Entendieron? –Lanzó una mirada al otro policía y este asintió bruscamente al ver el fuego en la mirada de la mujer.
            En la entrada de la casa Frost y Korsak observaban la escena desarrollarse.

****
            Jane presionó el botón en el elevador que la llevaría a la morgue. Dos horas habían pasado y no habían escuchado ninguna noticia de Maura. Y como había estado haciendo hasta ahora, se ofreció para ser ella la que bajaba a la morgue. Pudo haber llamado, pero quería aprovechar cada oportunidad que se le presentaba para ver a la mujer.
            Susie estaba hablando con otra criminalista, pero al ver a la detective se detuvo y la saludó.
            –Hola, Susie. ¿Has visto la doctora Isles?
            –Está en su oficina, detective.
            Las tres mujeres se voltearon al escuchar una puerta cerrarse.
            –Ahí está.
            Maura cerró la puerta de su oficina y se giró con su mano en el bolso, guardando las llaves. Cuando alzó la mirada se detuvo en seco, pero se recuperó rápidamente de la sorpresa.
            –Detective Rizzoli, iba a subir para llevarle los resultados de la autopsia. –Siguió caminando y Jane la siguió con la mirada antes de apresurarse para caminar a su lado.
            Maura presionó el botón y de su bolso sacó una carpeta, entregándosela a la morena que la recibió.
            –¿Ya terminaste con el día? –preguntó mientras ojeaba los resultados de la autopsia.
            –Sí. –Permaneció con su mirada enfocada en la puerta del elevador.
            –¿Cómo sigue Milo?
            –Un poco mejor. Ya está con mi madre.
            La puerta del elevador se abrió y Jane esperó a que Maura saliera primero.
            –Detectives, la detective Rizzoli tiene los resultados de la autopsia. La mancha de su ropa sí era sangre. –Pausó al escuchar cómo Jane intentaba detener su risa–. El laboratorio aún no tiene los resultados que ordené, pero el ADN debe ayudarles con la investigación.
            –Gracias, doc.
            –Frost, tenemos que interrogar el hermano de la señora Kren otra vez.
            El hombre se levantó de la silla y se puso la chaqueta.
            –¡Maura! –exclamó al recordar algo que quería decirle–. Esta noche nos reuniremos en el Dirty Robber, ¿deseas unirte? Habrá especial por ser viernes.
            –Gracias, pero…
            –Acompáñanos, doctora. –Jane la interrumpió–. Sería una buena ocasión para conocerla mejor. 
            Maura sintió la presión de las miradas de los detectives y no pudo negarse.

****
            Jane jugaba con la botella de cerveza vacía, deslizándola sobre la mesa de un lado a otro entre sus manos.
            –Te dije que no vendría –exhaló con fuerza, doblando sus hombros decepcionada.
            –Aún es temprano, Jane.
            Jane suspiró
            –Iré por otra cerveza.
            Frost asintió. Jane hizo camino entre la gente hasta llegar a la barra. En el camino se había encontrado con Korsak que regresaba a la mesa con un plato de alitas de pollo y unas hamburguesas.
            “Esta será la última” pensaba. No quería beber demasiado porque sabía que si tomaba más de dos, no se detendría y terminaría yendo a casa en un taxi.
            –Detective.
            Los sentidos de Jane se dispararon al escuchar ese tono de voz. Maura estaba sentada enfrente de Frost, donde ella había estado hace un minuto.
            –Pensé que ya no vendrías. –Se sentó al lado de la rubia, intentando ocultar la sorpresa que sintió al verla.
            –Siento haber tardado tanto.
            Los dos hombres comían, observando el intercambio entre las dos mujeres. Habían planeado el encuentro para ‘obligar’ que las dos interactuaran más. Aunque por un momento pensaron que Maura no iba a aparecer. De momento todo iba bien; Jane y Maura estaban hablando y eso era bueno.
            –Ey, Jane –comentó Korsak, limpiando los residuos de comida de sus labios con una servilleta–. ¿Sabías que Maura nunca ha comido hamburguesas?
            –¿Qué? –Preguntó incrédula, mirando a la mujer–. ¿Cómo es eso posible? ¿Nunca has comido McDonalds?
            Las mejillas de Maura se enrojecieron.
            –Es comida chatarra. –Estaba segura que no podía ser la única persona en el mundo que nunca haya comido una hamburguesa.
            –Tampoco le gusta la cerveza –añadió Frost.
            Jane juró que su quijada había aterrizado en la mesa, y así permaneció, boquiabierta por varios segundos.
            –¡Eso hay que cambiarlo! –exclamó, acercando el plato con su hamburguesa aún intacta.
            –No como comida chatarra, detective.
            –Eso es porque no has probado las hamburguesas de Joey, ni mi cerveza. –Frunció los labios al escuchar que seguía refiriéndose a ella por su título.
            Jane agarró un cuchillo de mesa y dividió la hamburguesa por la mitad.
            –Aquí tienes. –Acercó la comida a la rubia que hizo una mueca–. Prueba cosas nuevas –dijo y tragó en seco al ver el brillo que se reflejó por un segundo en los ojos de la mujer.
            –Solo una vez. –Las palabras salieron de sus labios y mordió un trozo de la hamburguesa.
            Algo en el interior de Jane se sacudió al escuchar las palabras de Maura, ¿acaso estaba hablando con doble sentido? ¿O ella estaba viendo cosas donde no las había?
            –¿Entonces?
            –No está nada mal. –Se limpió la comisura de los labios con una servilleta, sonriendo al ver como los detectives celebraban como si hubiese sido un gran logro.  
            –No te brindaré cerveza porque veo que ya tienes vino.
            Frost y Korsak estaban orgullosos de sí mismos. Una hora conversando y todo marchaba a la perfección; Jane y Maura a veces hablaban la una con la otra aunque seguían usando sus títulos profesionales.
            –¿En serio? –Preguntó Korsak alucinando. La atención de las dos mujeres estaba ahora en él y en Frost que se encogía de los hombros–. ¡No puedo creer que todavía estés así por ella!
            –¿Quién es Melanie? –preguntó Maura.
            –Es su ex, lo dejó a principio de año –le informó Korsak.
            –Oh… –Bebió un sorbo más de su vino, sin saber qué decir.
            –No es buena para ti, Frost. Te dejó por otro sin pensarlo dos veces –decía, Korsak–. Ya hará cinco meses, necesitas seguir adelante, encontrar alguien que te merezcas.
            –Fácil para ti decirlo. Es duro seguir adelante cuando te dejan así, sin saber el por qué.
            Los labios de Maura formaron una fina línea, identificándose con las palabras del hombre.
            –Porque no le importabas, ¿de qué otra manera explicarías que saliera con otro, estando contigo? –explicó Jane.
            Maura sostuvo su copa con tanta fuerza que podría romperla en cualquier momento.
            –O simplemente jugó contigo, tal vez no fuiste más que eso: un juego.
            Las palabras de la forense hicieron que los tres callaran y la miraran cabizbaja.
            –Disculpen, necesito un poco de aire. –Esperó a que Jane se moviera, así ella podría salir.
            –¿Aire fresco? Pero si está lloviendo –dijo Korsak.
            –¿Dijimos algo mal? –preguntó Frost.
            Jane permaneció de pie en el mismo lugar. La conversación se repetía en su cabeza una y otra vez, intentando entender la reacción repentina de Maura.
            –¡Jane! ¿A dónde vas? –exclamó el hombre mayor cuando Jane se apresuró entre la gente.
            –¿Qué está pasando? –dijo Frost, observando por la ventana a Jane pasar corriendo hasta que desapareció de su vista.
            –A saber.

            Jane salió por la puerta corriendo. No encontraba a Maura por ningún lado, tal vez había ido al lado contrario. Se detuvo por un minuto, sintiendo como su ropa se adhería a su piel y miró a hacia el otro lado del estacionamiento.
            –¡Isles! –gritó y comenzó a caminar apresuradamente, mirando a todos lados. La lluvia era tan fuerte que apenas podía ver a dos metros de ella.
            Una figura llamó su atención pero se decepcionó al acercarse y notar que no era Maura. En su visión periférica percibió un movimiento y giró su cuerpo en su dirección, apresurando sus pasos, siguiendo a la figura.
            –¡Dra. Isles! –gritó y corrió al notar que la mujer no se detenía–. ¡Maura! –la mujer se detuvo.
            Jane sostuvo su brazo y la hizo girar, mirándola a los ojos. El ruido a su alrededor desapareció, fue como si hubiera puesto el mundo en mute. Lo único que su mente registraba era las gotas de agua deslizándose por el rostro de la rubia y cómo su cabello se adhería a su mejilla.  
            –Maura… 

Continuará...

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