martes, 24 de noviembre de 2015

KnM: Las Amantes Eternas - Prólogo

Hola Yurifans.

Me es grato llegar el día de hoy con un nuevo proyecto y con nuevo material para ustedes. Se trata de la traducción de un fic de Kannazuki no Miko. Es curioso, pero sabían que hasta el momento solo teníamos uno en el Baúl??? Sacrilegio.

No voy a hacerla larga y los dejo con unas palabras de Saizoh, uno de los chicos encargados de traducir este trabajo a nuestro idioma.
“Hola gente.
Quiero agradecer a Ali Dagos por querer compartir este fanfic de Kannazuki no Miko acá en el Baúl del Yuri.

Somos tres traductores (el fic original está en inglés) que estamos trabajando en este fic y lo consideramos el mejor fanfiction de esta serie, así que sin más volvemos a agradecer a Ali y a todo el personal de “El Baúl del Yuri” por acceder a compartir esta súper y entretenida historia por acá”.

Autor: Tsuyazakura Kouyuki

Traductores: Saizoh, Dyablo y Salkantay. 


Disclaimer: Kannazuki no Miko y todos sus personajes le pertenecen a TNK Stuido y a Geneon Entertainment y al apodado “Kaishaku”. Este trabajo es enteramente ficticio y sólo pretende ser una muestra de cariño y gratitud a una serie animada que yo considero una obra maestra que verdaderamente me encanta.
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Kannazuki no Miko: Las Amantes Eternas


Prólogo: El Inicio de un Final

Saliendo de un portal – uno cuidadosamente escondido para evitar miradas indiscretas – llegó hasta lo más alto del cerúleo cielo el cual se extendía a lo largo de todo el horizonte. Bajo ella estaba la sagrada ciudad de Izumo – formada sobre un gran disco que abarca al menos varios miles de kilómetros proporcionando cobijo para algo más de cuatro millones de personas – que brillaba a la luz del amanecer como una muchísimas piedras preciosas.
A ambos lados de Ama no Ukihashi se encontraba el hermosísimo bulevar y había alineados almacén tras almacén bajo la fresca sombra de los árboles de cerezos que volvían a florecer ese año. Sobre el limpio pavimento dioses y diosas pasaban sin apuro conversando con sus respectivos compañeros en voz baja. Sus ojos inquietos y cansados miraban hacia todos los lados como esperando a que saltara tras ellos un asesino escondido en las sombras. Los Inmortales encontraron a sus asesinos cuando dos hombres salieron de una próxima intersección… Permanecían en silencio y sus miradas eran lo suficientemente espinosas para detectar un gran orgullo.
Los hombres eran lo suficientemente jóvenes y apuestos para hacer descabezar a cualquier mujer. Aunque no fueron sus rostros los que hicieron identificar que un mal agüero se avecinaba… sino que fueron las mangas de sus níveas capas adornadas en la parte de las muñecas en los cuales tenían dibujados unos pentagramas dorados dentro de unos círculos que no era más que el La Sagrada División de Mensajeros, el hogar de todos los espías.
Con todo los Inmortales del Paraíso miraron a los mensajeros que se paseaban con arrogancia y sin preocuparse por los que podrían llegar a tropezar apenas dándose cuenta del disgusto de los demás. Para los ciudadanos de Izumo los Mensajeros eran comparables a una guarida de víboras que atacaban a cualquiera que caía en la misma.
Claro está que los hombres podrían llegar a no saberlo pero sus acciones manchaban sus nombres. Unas palabras mal medidas podían llevar a que un pobre tonto fuera arrastrado al Santuario Central para un interrogatorio. Y los Mensajes muy pocas veces hablaban mucho. Aunque ninguno sería acusado injustamente gracias al perfecto sistema sostenido en el Centro pero ser mirado sostenidamente por La Asamblea Celestial no era una experiencia para nada placentera.



Como si percibieran la hostilidad a su alrededor los Mensajeros apresuraron un poco el paso con un leve signo de molestia. Y a pesar de que se dieron media vuelta para desparecer por un callejón del bulevar de Ame no Ukihashi el humor de los viandantes no mejoró mucho. Los dioses y diosas volvieron a sus actividades pero sus severas y casi iguales expresiones lo decían todo sobre lo que notaban por dentro.

Algo interesante a notar es que ya que los Santos Mensajeros acapararon toda la atención de los Inmortales directamente ninguno notó los doce obeliscos de acero que se emplazaron a la distancia sobre Izumo. A decir verdad fingían muy bien que aquellos bloques de metal no existían ya que estuvieron bastante enojados con el Gran Señor de Izumo cuando éste anunció que iba a mandarlas a construir y estuvieron furiosos cuando el hombre desestimó su desaprobación. Al fin y al cabo los Pilares de Kusanagi eran de todo menos una declaración de su libertad en Izumo puesto que consideraban que ésta colgaba de un hilo muy fino que era un hecho que no les gustaba para nada recordar. Pero ella se preguntaba por qué los Inmortales no pensaban en emigrar a Reiha. El Corazón del Inframundo siempre fue un sitio más hermoso para vivir y también uno en el cual el que se le permitía a la gente tener tanta libertad como quisieran siempre que no violaran las leyes. Claro que el Sello del Campo de las Rosas Cristalinas podrían llegar a encerrar sus poderes durante el primer año que vivieran allí pero…

Le dio sacudidas hacia los lados a su cabeza pues estaba desperdiciando tiempo valioso. Sus ojos trazaron el patrón del hechizo de invisibilidad para asegurarse de que aún le funcionaba. Descendió hasta un edificio ubicado al lado este de Izumo el cual parecía un exágono desde la vista de los pájaros. Como era habitual el Salón de los Recuerdos era vigilado y en sus inmediaciones no había alma errante alguna ya que los Inmortales casi nunca iban por allí salvo que hiciera mucha falta porque advertían los innumerables sellos invisibles y barreras tejidas alrededor del edificio. Nadie tenía idea de las trampas que podrían llegar encontrarse si se acercaban demasiado. Ella misma se daba cuenta de que con un paso en falso su ya de por sí frágil existencia quedaría al descubierto. Los Inmortales de Izumo siempre fueron unos cobardes pero ella no lo era.

Parada frente al Salón de los Recuerdos concentrando sus poderes celestiales cada vez que se acercaba a un sello oculto o barrera. Para su satisfacción cada una de las trampas se movía a cada uno de sus lados dejando libre el camino hacia la entrada. Ella sonrío pues parecía que seguía teniendo cierto control de su gran poder. Sin embargo cuando notó una presencia poderosísima dentro del salón supo que se acercaba al Guardián.

¿Cómo era que estaba allí? Es verdad que el salón era su oficina pero el hombre sólo trabajaba allí sólo dos veces a la semana repartiendo sus otros deberes para con el Paraíso. Ciertamente éste no era uno de sus días de trabajo en el salón pero su horario debió haber sido cambiado mientras estuvo ausente en Izumo. Pensó que tenía muy mala suerte o directamente la peor de las malas suertes murmuró irritada.

Pero no podía retirarse como una cobarde. Se había ido para juntar las suficientes fuerzas para romper el límite dimensional que protegía al Paraíso. La situación era grave puesto que corría el riesgo de perder su posesión para preciada para toda la eternidad.

Decidió ser valiente así que abrió la puerta doble. No le temía al Guardián pues ya sabía que él no le haría daño alguno pero la posibilidad de que se negara a cooperar con ella la horrorizaba. Ella no poseía el suficiente poder como para persuadirlo. Si el hombre así lo deseaba tendría que volver con las manos vacías. Suspiró y se dijo que aunque la posibilidad era nimia todavía la había.

“¡Vos…!” el Guardián del Salón de los Recuerdos que era increíblemente guapo abrió grande los ojos. A pesar de que ella vestía una capucha él la reconoció y que de no ser así la habría abatido. Se hizo el silencio mientras que colgando de la plataforma flotante sobre el mar brillante de los recuerdos que sostenía una torre de cristal cuya superficie lisa reflejaba las luces del mar brillante al igual que los espejos mejor pulidos… Un anillo de platino gigantesco que llevaba grabado las marcas del sol y la luna en lados opuestos giraban en silencio alrededor de la estructura. Ella frunció el seño pues era por la torre de Kannazuki que hoy el Guardián estaba presente.

Se mordió los labios, cayó de rodillas, se inclinó y puso la frente sobre el piso.
“Nii-Sama, te lo ruego… Por favor…”.
Rogó.
Él debía saber la razón por la que a pesar del riesgo llegó a este sitio.
“De acuerdo”.
Se sorprendió y aunque bien sabía que él estaba enamorado de ella nunca supuso que dejaría las reglas de lado.
“Nii-Sama, te lo agradezco muchísimo”.
Se volvió a inclinar ante él derramando lágrimas pero tratando de controlar los sollozos.
Todos esos años dolorosos y desgarradores habían llegado a su fin. Se puso de pie y casi temblaba de la alegría.
“No hacía falta semejante reverencia…”.
Se expresó el Guardián mientras se giraba y extendía el brazo hacia el bloque de cristal que permanecía al otro lado de la plataforma. Aquel era el dispositivo que controlaba el Salón de los Recuerdos aunque se detuvo en seco cuando una pantalla holográfica apareció de la nada.
“¡Eh, ¿por qué no las liberaste aún…!? ¡Sabes muy buen que la paciencia del Gran Señor es tremendamente limitada!”.
Se mostraba en la pantalla la cara de un hombre mirada petulante y su voz no era menos soberbia. Ella tragó saliva… Era Yuusaku, el Jefe de los Santos Mensajeros y el bastardo que era el segundo al mando del Señor del Paraíso.
“¡Eh, ¿qué hay detrás de ti!?”.
Un orbe de luz cegadora apareció en la palma del Guardián.
“¡Corre! ¡Corre enseguida! ¡Vuelve cuando tengas la oportunidad!”.
Gritó el Guardián lanzando el orbe de intensa luz a unos metros a su derecha partiéndose en mil pedazos desperdigados por toda la sala. Ella corrió hacia la salida.
“¡Una intrusa!”.
Alcanzó a escuchar la voz de Yuusaku mientras empezaban a sonar alarmas ensordecedoras.

Tenía que lograr a una distancia segura entre ella y el Salón de los Recuerdos. Se detuvo y tejió otro portal pero apenas metió la mano un relámpago blanquecino pegó contra el portal disolviéndolo.

Vio con horror que los doce grandes obeliscos que rodeaban a Izumo brillaban intensamente de blanco como metales a casi el punto de ebullición. El Sistema de Kusanagi había sido activado y ya sabía que la querían eliminar.
Los rayos empezaron desplegarse de los doce pilares de Kusanagi como tejiendo una tela blanca que ocultaba el cielo cerúleo. Un trueno retumbó. Ella tragó saliva y se preguntó si lograría sobrevivir ante esta adversidad.

Probablemente no…

Los rayos continuaban danzando. Ella levitó poniéndose en guardia para esquivar los relámpagos. Pero su determinación vaciló mientras el pánico brotaba de su alma. Más rayos se unieron a los que ya danzaban formando una conexión eléctrica entre el cielo y la tierra. Se detuvo en el aire y se dio cuenta de que ante el más mínimo movimiento sería asesinada… pero los relámpagos chocaban cada vez más cerca de ella…

De la nada dos discos de luz blanquecina de forma ovalada se pusieron uno a su izquierda y el otro a su derecha. Rápidamente estos discos se unieron en su cuerpo teletransportándola antes de que los relámpagos la alcanzaran. Ahora estaba segura atravesando un pasaje dimensional. Allí se puso de pie… Nii-Sama la había salvado… Pero su gratitud hacia él no podía disminuir el dolor de su corazón… porque volvió a verlo en una situación desafortunada y sabía muy bien que no lo volvería ver hasta el momento de su propia muerte…

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“¿Tienes alguna idea de quién era la intrusa?”.
Le pregunta el siempre magnífico Señor de los Cielos al Guardián por medio de una pantalla holográfica. El hombre que parecía tan juvenil que podría haber sido confundido como hermano del Guardián se sentó detrás del escritorio de su amplio estudio mirando con frialdad a este último con las manos entrelazadas y junto a él estaba Yuusaku, el jefe de los Mensajeros con una expresión sombría y enojada. No soportaba el hecho de que la chica hubiera eludido el sistema de ataque de los pilares de Kusanagi.
“Padre, no tengo idea”.
Le respondió de rodillas.
“Apenas estaba entrando al salón principal cuando la vi así que no pude identificarla…”.
Yuusaku fulminó al Guardián con la mirada pero no dijo algo. El Guardián agradecía que Yuusaku no estuviera en persona en Salón de los Recuerdos pero su mentira no duraría mucho auque por otro lado el Gran Señor de los Cielos le tenia tanto o aún más miedo a lo que representaba el Salón de los Recuerdos que el resto de los Inmortales así que no le sacaría de su puesto en el edificio.

“¿Ah, sí?”.
Le preguntó el padre del Guardián en voz baja.
“Así es, padre”.
Le volvió a responder de manera convincente ya que era un buen mentiroso.

“Muy bien”.
Asintió el Señor de Izumo.
“Enviaré a los Mensajeros a cazar a la intrusa y vos sigue con tu deber”.
Yuusaku no esperaba que se refiriera a los Mensajeros como unos perros de caza y el Guardián suprimió una risa.
“Padre, como ordenes”.
El Guardián hizo una respetable reverencia a al Gran Señor y la pantalla holográfica se apagó. Luego se puso de pie riendo para sí mismo en voz baja. Casi lo descubren y se preguntó qué hubiera pasado si la pantalla se hubiera activado justo cuando le entregó lo que la chica vino a buscar.
Puso la mano sobre la Terminal Uno y accedió a los controles del panel. La chica tuve en verdad mala suerte para decidir el colarse el día de hoy en Izumo. Si hubiera sido en otro seguramente habría conseguido lo que quería sin armar alboroto. Suspiró y pensó que si pudiera iba a encontrar la manera de cumplir su deseo.

En el Salón de los Recuerdos un gran torbellino apareció sobre la parte superior de la Torre de Kannazuki. La puerta del ciclo de muerte y resurrección se abrió permitiendo el acceso de la corriente eterna compuesta sólo de las almas de los mortales.

El anillo flotante de la Torre de Kannazuki dejó de de girar y las marcas del sol y la luna empezaron a brillar con luz dorada y plateada respectivamente. El Guardián vio a una pantalla que mostraba el interior de la torre. Las cadenas estaban siendo retiradas de los altares y los sellos se desvanecían. Había llegado el momento.

“Libérense”.
Pensó el Guardián.

La puerta del Ciclo se expandió y tronó el relámpago que empezó a girar por el anillo platino de la torre. La superficie de las marcas de la luna y el sol ondularon como cuando una piedra es tirada sobre la superficie de un estanque. A partir de unas placas verticales surgieron dos esferas de luz, una de oro y otra de plata. El Guardián suspiró y alcanzó a ver el interior de las esferas. La representación de dos jovencitas adolescentes vestidas con el tradicional uniforme de sacerdotisas chihaya y hibakama inalterables con el paso del tiempo.

El Guardián se frotó la sien pues la vergüenza lo azotaba. Él no era el responsable del sufrimiento de las mortales reencarnadas pero había sido su guardián durante los últimos tres mil años… el que había sido testigo del ciclo de sufrimiento que continuaría hasta el final de los tiempos. En cierto modo él era tan vicioso como los que la habían empezado a hacer reencarnar en la Torre ahogándolas en el supremo dolor.

“Vayan, hijas del santuario lunar. Vayan con la bendición del Cielo para proteger la paz del mundo de los humanos”.

Las dos esferas se elevaron despareciendo en la oscuridad de la Puerta del Ciclo. Un segundo después el remolino se desvaneció.

El Guardián se volvió hacia la salida del Salón de los Recuerdos con dolor al caminar. ¿Proteger la paz del mundo de los humanos? Esa fue una mentira escandalosa. Él sabía por qué las dos chicas fueron enviadas ahí… por lo que tuvieron que sacrificar su futuro… y su amor…
El Guardián empujó la puerta doble saliendo del sitio. Afuera vio el Palacio Celestial en el corazón de Izumo. Sabía que su amada hermana estaba ya lejos pero de alguna manera la podía ligeramente oír llorar…

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“¿Lo notaste, Akira?”.
Dijo Yui sin darse la vuelta para mirar a la persona con la que estaba hablando. En vez de eso observaba el inmenso campo de lirios que lo cubrían todo hasta el horizonte.  Brillaba el sol y las flores se agitaban por la brisa. Irónicamente ni la luz producía mucho calor ni la brisa movía mucho lo que debía.
“Las sacerdotisas de Kannazuki fueron liberadas…”.
Continuó Yui mientras apuntaba al portón pero no tenía mucho sentido ver una ilusión por muy bella que pudiera ser…
Yui se acomodó en su sillón observando a Akira, su hermano menor, que no era tan guapo como el Guardián del Salón de los Recuerdos pero nunca se dejó desmayar por el susodicho Guardián como tantas otras diosas del cielo. Su hermano menor parecía un hombre que había sido hambreado durante mucho tiempo y ahora dudaba que con la demacrada cara sin emociones de Akira alguna de las diosas quisiera tener algo con él sobre todo ahora que estaba postrado en cama…
“Diecisiete años…”.
Dijo Yui en voz baja.
“Sólo unos diecisiete años más y ellas serán libres. Te lo juro. Nadie se interpondrá en tu camino y en el de ellas nunca más”.

Pero Akira no dio muestras de que la oyera.

Yui volvió a suspirar levantándose para irse. En un destello de luz dorada se había esfumado y reapareció en el exterior bajo el cielo estrellado. Ella volvería a visitarlo en otro momento. Abrió un portal dimensional para dejar la superficie de la luna desierta. Los Santos Mensajeros podrían estar observándolos de cerca.

“Los  mortales nunca averiguarían lo que se está tramando… Bueno, en realidad lo descubrirán en un futuro no tan lejano cuando el cielo mismo tiemble por tu ira…”.





















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